Vestirse sin disfrutarlo, más común de lo que parece.

Abrir el armario supone en muchos casos unos cuantos suspiros y enfados. Se ha vuelto tan común estar de enemiga de lo que se tiene ahí dentro, que hasta cierto punto hemos normalizado quejarnos de no tener qué ponernos, como si alguien extraño hubiera elegido lo que tenemos ahí colgado o doblado.

En medio de las charlas con mujeres que apuestan por mis servicios, trato en lo posible de entender el por qué de ese enfado con su armario, el cómo el tiempo les ha jugado una mala pasada respecto a lo que necesitan versus lo que les gustaría vestir, y llego a algunas conclusiones (habiendo también transitado periodos donde nada me venía bien).

Conclusiones de un vestir sin disfrute

  • Las cosas que elegimos comprar y llevar al armario (sí, porque hemos primero decidido invertir en algo de forma voluntaria), suelen ser producto de emociones encontradas. Estas pueden ser ansiedad, tristeza, euforia, rabia. Y por ende desde ahí que la conexión con esa prenda queda marcada de por vida a su uso o desuso.
  • Cuando elegimos algo que se supone nos tiene que resolver una ocasión, lo hacemos pensando en el qué dirán. De ahí que un alto porcentaje de prendas para trabajar u ocasiones especiales involucren el bendito color negro. “Es que queda bien con todo y nadie lo criticará”, “es que el negro disimula si he subido unos kilos de más”, “si voy de negro ya proyectaré elegancia”. Y no es que le quitemos mérito a este color, pero juro que no debería tener tanto crédito como se lo adjudicamos. De hecho, la queja más común en mis sesiones es: “ya no quiero vestirme solo de negro”.
  • Relacionamos comodidad con descuido. Por alguna razón vestirnos cómodas lo asociamos con el uso de prendas antiguas, en mal estado o que no tienen por qué hacernos lucir lindas. Nada más lejos de la realidad, y peor en tiempos de pandemia donde no ha quedado de otra que optar por sumar algunos outfits cómodos para lidiar con teletrabajo y quehaceres domésticos.  Si seguimos en esta línea de pensamiento, automáticamente nos privamos de invertir en piezas lindas y de calidad porque “solo estaremos en casa”.
  • Se prefiere gastar en “el malo conocido que en el bueno por conocer”. Por inercia nos acercamos siempre a la misma tienda. Sea por precio, por comodidad, por miedo al riesgo o por desconocimiento de otras opciones, y acá mucho tiene que ver la motivación de salir de la zona de confort.
  • Existen miles de mujeres que desconocen su cuerpo actual. Nunca una balanza, nunca una cinta métrica, y en algunos casos, ni un espejo de cuerpo entero en casa. No hace falta ser obsesiva con los números ni las medidas, pero si estar al tanto de la talla a la que se pertenece. La falsa idea de comprar prendas “talle único” nos uniforma y venda de nuestra propia realidad. No puede haber talle único porque la única acá eres tú y es poco probable que una prenda le calce bien a una y a otra a la vez. (Por favor mis amigas diseñadoras de indumentaria no me odien).
  • No se tiene idea de que lo que uno viste, comunica. Entonces vamos eligiendo cosas solo para cubrir el cuerpo y no para elaborar un mensaje. No tiene que ser muy sofisticado o complejo, pero si reflejar quien eres.

¿Te has sentido identificada con alguna de estas conclusiones? Me encantaría conocer tu opinión al respecto, se que se me escapan mil razones más dentro de este tema así que dejo espacio en los comentarios para que sumes tu experiencia.

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